Sólo hizo amistad con el poeta Chacho Martínez, cotahuasino, provinciano trejo como él. Y con Juan Ojeda, otro vate marginal, silencioso, bebedor hasta el cansancio. Y en sus ratos más bullangueros, alternó con los escritores Oswaldo Reynoso, Antonio Gálvez Ronceros, Miguel Gutiérrez, Vilma Aguilar, Carlos Calderón, Juan Morillo, Luis Urteaga Cabrera, Augusto Higa, del grupo Narración, quienes solían reunirse, todas las noches, en el bar Palermo, a escasos  metros del Parque Universitario. De esos años azarosos me vienen los recuerdos. Me daba cuenta que el joven escritor Gregorio Martínez, a quien llamábamos Goyo con cariño, era diferente a todos: color a tierra húmeda, cara redonda, nariz achatada, echándole más para negro, alegoso cuando quería, pelo ensortijado, frente ancha, mediano de estatura y tórax voluminoso.

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--Usted será responsable de que Alfredo llegue bien—fue la orden que recibí. Llegar bien era llegar sano; es decir, ecuánime, en sus cinco sentidos. Es que Alfredo Bryce tenía fama de llegar a sus conferencias alegrón y a veces, demasiado alegrón. Y cuanto más alegre llegaba, sus charlas salían redondas. Y el escritor cortaba oreja, rabo y daba su paseíllo triunfante ante el delirio de las tribunas que, como esa noche, atiborraban los ambientes del hemiciclo Porras Barrenechea, en el Congreso de la República. Él había sido invitado por la doctora Martha Hildebrandt para dar testimonio de su experiencia como creador. Se trataba del escritor que había publicado verdaderos best sellers en la literatura latinoamericana y mundial.

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La doctora Martha Hildebrandt fue siempre una mujer de armas tomar. Lo sigue siendo, pese a sus 93 años de vida austera, reposada, a ratos chillona. Con ella nadie entra en remilgos. Le temen ser blanco de sus adjetivos que le brotan de la mente, como agua de manantial, y que van directo al corazón como balas dumdum o sable de doble filo.
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El fiscal de Justicia Militar pidió para él la pena de muerte. Era 1966. Una ola de protesta recorrió el mundo. Encabezados por los existencialistas franceses Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, los intelectuales de todas partes llenaron de cartas y telegramas de reclamo Palacio de Gobierno, que era ocupado por una Junta Militar golpista presidida por los generales Ricardo Pérez Godoy, Nicolás  Lindley y otros. Los militares se asustaron y dieron marcha atrás. Hugo Blanco fue condenado a 25 años de prisión por subversivo y lo mandaron derechito a la isla del Frontón, frente al Callao.

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