Cuánta falta nos hace el historiador Pablo Macera. Fue, por mucho tiempo, el oráculo que nos permitía comprender mejor lo que ocurría en el Perú. Sobre todo, en los violentos años del terrorismo. No es que haya muerto. Simplemente optó por el silencio. No desea hablar. Nunca más quiso hablar después que le cayera un huaico de insultos de todo calibre de aquellos que se sienten con derecho a insultar. Y todo por haber sido elegido congresista en las filas del fujimorismo. Le cayeron encima los mismos que escriben en redes o tienen columnas de opinión en los medios o se mueven en los círculos académicos como pavos reales. Dícese de esta especie que son caviares que habitan en las ONG o pululan alrededor de ellas, haciendo méritos para saber que existen. Los periodistas de los años 80 corríamos a buscar al historiador para que nos explique qué diablos era Sendero Luminoso que amenazaba el país derribando torres de alta tensión, dinamitando puentes, matando humildes alcaldes y teniente gobernadores de poblados muy pequeños en las alturas de Ayacucho; degollando niños o llevándoselos a la fuerza para engrosar sus filas, mientras el presidente Belaúnde, muy caballero él, permanecía en su nube creyendo que eran simples abigeos o después García, predicando en privado a jóvenes apristas en su VII Congreso Nacional, que deberían reconocer la mística que sí exhibían los cuadros de ese grupo terrorista. “Equivocados o no, criminales o no, el senderista tiene lo que nosotros no tenemos: mística”, dijo. Y los periodistas recurrimos, otra vez, a Macera, nuestro oráculo permanente debido a sus altísimas cualidades para el análisis histórico-social: al final quedarán solo las FFAA y Sendero en contienda, refirió. Y se cumplió.

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Víspera de la Navidad de 1940 en plena guerra mundial. En Treveris, Alemania, doce mil prisioneros franceses se disponen a pasar una nochebuena difícilmente buena, ni siquiera aceptable, ateridos y apiñados en el campo de concentración Stalag II D.  

Esta es la segunda Navidad desde que comenzó la guerra.  Al igual que los combatientes franceses capturados, los guardas alemanes preferirían pasar en casa esa Weihnatchen cantando “O tannenbaum”, bebiendo ponche caliente al pie de un árbol. Esa sí sería una noche de bendición.

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--Usted será responsable de que Alfredo llegue bien—fue la orden que recibí. Llegar bien era llegar sano; es decir, ecuánime, en sus cinco sentidos. Es que Alfredo Bryce tenía fama de llegar a sus conferencias alegrón y a veces, demasiado alegrón. Y cuanto más alegre llegaba, sus charlas salían redondas. Y el escritor cortaba oreja, rabo y daba su paseíllo triunfante ante el delirio de las tribunas que, como esa noche, atiborraban los ambientes del hemiciclo Porras Barrenechea, en el Congreso de la República. Él había sido invitado por la doctora Martha Hildebrandt para dar testimonio de su experiencia como creador. Se trataba del escritor que había publicado verdaderos best sellers en la literatura latinoamericana y mundial.

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Sólo hizo amistad con el poeta Chacho Martínez, cotahuasino, provinciano trejo como él. Y con Juan Ojeda, otro vate marginal, silencioso, bebedor hasta el cansancio. Y en sus ratos más bullangueros, alternó con los escritores Oswaldo Reynoso, Antonio Gálvez Ronceros, Miguel Gutiérrez, Vilma Aguilar, Carlos Calderón, Juan Morillo, Luis Urteaga Cabrera, Augusto Higa, del grupo Narración, quienes solían reunirse, todas las noches, en el bar Palermo, a escasos  metros del Parque Universitario. De esos años azarosos me vienen los recuerdos. Me daba cuenta que el joven escritor Gregorio Martínez, a quien llamábamos Goyo con cariño, era diferente a todos: color a tierra húmeda, cara redonda, nariz achatada, echándole más para negro, alegoso cuando quería, pelo ensortijado, frente ancha, mediano de estatura y tórax voluminoso.

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El fiscal de Justicia Militar pidió para él la pena de muerte. Era 1966. Una ola de protesta recorrió el mundo. Encabezados por los existencialistas franceses Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, los intelectuales de todas partes llenaron de cartas y telegramas de reclamo Palacio de Gobierno, que era ocupado por una Junta Militar golpista presidida por los generales Ricardo Pérez Godoy, Nicolás  Lindley y otros. Los militares se asustaron y dieron marcha atrás. Hugo Blanco fue condenado a 25 años de prisión por subversivo y lo mandaron derechito a la isla del Frontón, frente al Callao.

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