La doctora Martha Hildebrandt fue siempre una mujer de armas tomar. Lo sigue siendo, pese a sus 93 años de vida austera, reposada, a ratos chillona. Con ella nadie entra en remilgos. Le temen ser blanco de sus adjetivos que le brotan de la mente, como agua de manantial, y que van directo al corazón como balas dumdum o sable de doble filo. Ahora ella pasa sus días en la tranquilidad de su hogar, en un barrio miraflorino de clase media alta. No recibe visitas, a menos que sean sus muy íntimos colaboradores. O su familia. Aunque, a decir verdad, no le afecta, para nada, la soledad. Ella siempre buscó esa soledad, se enamoró de ella desde muy joven, disfruta su compañía, la vive con intensidad, como, usted, no tiene idea ni quizás pueda entender. Es una mujer que prefiere estar cerca de sus libros, a los que acaricia con sus dedos nonagenarios, a los que recurre para sentir su aroma a guardado, a los que extrañará por siempre, el día que ya no pueda sentirlos, ni con el corazón, ni con la mente.

 

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