Sólo hizo amistad con el poeta Chacho Martínez, cotahuasino, provinciano trejo como él. Y con Juan Ojeda, otro vate marginal, silencioso, bebedor hasta el cansancio. Y en sus ratos más bullangueros, alternó con los escritores Oswaldo Reynoso, Antonio Gálvez Ronceros, Miguel Gutiérrez, Vilma Aguilar, Carlos Calderón, Juan Morillo, Luis Urteaga Cabrera, Augusto Higa, del grupo Narración, quienes solían reunirse, todas las noches, en el bar Palermo, a escasos  metros del Parque Universitario. De esos años azarosos me vienen los recuerdos. Me daba cuenta que el joven escritor Gregorio Martínez, a quien llamábamos Goyo con cariño, era diferente a todos: color a tierra húmeda, cara redonda, nariz achatada, echándole más para negro, alegoso cuando quería, pelo ensortijado, frente ancha, mediano de estatura y tórax voluminoso.

Él contó, una vez, cuando le preguntaron cómo había llegado a la capital del Perú, que fue “chulillo de camión” y que vino a Lima varias veces, desde los catorce años. “A los diecisiete entré a estudiar en La Cantuta y a los veinte a San Marcos. Y empiezo a escribir allá por 1965, 1966”, dijo. Era de Coyungo, un pequeño poblado de indios y negros en los alrededores de Nazca. Creció entre copos de algodón y danzas de negros cimarrones, escuchando relatos de negros poderosos, que hacían el amor, mientras bailaban tres días con sus tres noches, sin parar. Y sin sacar, diría con alguna exageración. Él venía de una hacienda de algodón donde aprendió los secretos de la vida, desde muy niño. Y murió hace un mes, en la soledad de una clínica en Virginia, en los Estados Unidos, donde radicaba desde hace varias décadas, dedicado a la enseñanza universitaria. Fue un escritor de polendas. Gran narrador de novelas y relatos breves. Dicen los que saben de literatura que fue el mejor exponente de la narrativa afroperuana. Hasta lo comparan con Enrique López Albújar. Así debió ser, porque Goyo andaba siempre contando historias de hombres de carne y hueso de Coyungo y también de Acarí, lugar de procedencia de su familia por el lado materno. Porque, por el paterno, su padre había bajado de las alturas de Lucanas y era por eso que nos tratábamos de primos, de vez en cuando, por el apellido Martínez que se multiplicó por mi tierra, después que los españoles dejaron al patrón Santiago, como venerada imagen y guardián de sus creencias religiosas.

Su historia es alucinante y se las voy a contar, grosso modo. Imaginemos que Goyo y yo estamos sentados en el  bar Palermo, allá por los setenta, y él me está diciendo que al llegar a Lima fue acogido, con gran corazón por un familiar suyo que era chofer, mayordomo y jardinero: un negro muy elegante. Nunca permitió que Goyito gastara en nada. “Mientras estés en mi casa, no acepto tu dinero”, le dijo, lo cual le cayó de perilla al recién llegado, porque así pudo juntar todo lo que pudo, porque Goyo, desde muy joven, fue más negociante que letrado, aunque, en el fondo de su corazón, quería ser escritor. Un día, su pariente le dijo: “vamos a pasear por donde las chicas” y se lo llevó a los burdeles que, por esos años, quedaban en la Av. México, camino a la carretera central. Goyo ya tenía calle, esquina y un largo recorrido en las artes amatorias, que las había aprendido con negras coquetas de Coyungo, en medio de huarangos y copos de algodón. Nada le era extraño, salvo el hecho de que ninguna de las mujeres del burdel querían acostarse con su pariente por temor a no sé qué, según él. Ya estudiante en San Marcos, Goyo llega al Palermo tardíamente, según sus recuerdos. Ya no paraban allí Eleodoro Vargas Vicuña, ni Pablo Macera, ni Sebastián Salazar Bondy que ya había muerto. Eran de otra generación. En cambio él llega con Chacho Martínez y Juan Ojeda, poetas entrañables, hermanos de piscos, rones y lecturas del marxismo clásico.

El Palermo era un lugar en el que se daban cita los escritores que venían de los 50, los 60 y alternaban con los del 70. Tres generaciones al hilo. El narrador Oswaldo Reynoso, tenía su mesa. Y lo propio hacía el legendario poeta Martín Adán, de una generación anterior, siempre enfundado en su abrigo negro. A las siete de la noche, el bar era un coro de voces múltiples: poetas, escritores, narradores, curiosos, estudiantes, simples parroquianos, todos ávidos de beber, de contar historias, de resolver, en esa mesa, los problemas del país y del mundo, de encontrar la línea correcta del partido comunista y saber si el Perú seguía siendo feudal o ya era semifeudal o caso había dado el gran salto a una sociedad incipientemente capitalista. Nadie se ponía de acuerdo. En lo que sí había consenso era en que el gran Goyo, después del tercer vaso, se ponía sabroso, lleno de chispa y humor, dicharachero, burlón y para nada tímido como aparentaba ser antes de entrar al Palermo. Él es autor de libros ya clásicos en la literatura de la segunda mitad del siglo XX como “Tierra de caléndula” (1975), “Canto de sirena” (1977) o “Crónica de músicos y diablos” (1991). Cuando le sobrevino la muerte a los 75 años, Goyo había terminado su novela “Potro Pinto”, que será publicado póstumamente, según ha dicho su mejor amigo, el poeta Hildebrando Pérez Grande, quien también es su editor literario. Gregorio Martínez hizo gala de una prosa muy especial, llena de oralidad de gente sencilla de pueblo, con giros populares sacados del habla cotidiana de negros cimarrones, zamarros y lenguaraces. Y de cholos que no se dejan pisar el poncho. También nos ha dejado “La gloria del piturrín y otros embrujos de amor” (1985), “Biblia de guarango” (2001), “Cuatro cuentos eróticos de Acarí” (2003) y “Libro de los espejos, 7 ensayos a filo de catre” (2004) y una obra periodística recopilada en “Mero listado de palabras” (2015).

La más celebrada y difundida en redes es su crónica “Travesía de extrabares” que da cuenta su periplo, de varios días, por los bares de Lima, junto al famoso poeta Martín Adán, autor de “Travesía de extramares”. Todo empezó una noche de 1968. El poeta estaba sentado, al fondo, solo y muy lejos de otras mesas ocupadas por otros escritores. Goyo llegó en compañía de Chacho y Juan Ojeda. Media hora después, todos alternaban en la misma mesa. Primero lo llamaban “maestro”. Después, Martín había dejado de llamarse Martín. El poeta Ojeda lo llamaba Martinica. Ya no tenía en cuenta que estaba hablando con el viejo aristócrata y civilista, ni el más grande poeta purista que tuvo el país en todas las épocas. Tragos van, tragos vienen, horas más tarde, salieron abrazados, rumbo al Chinochino, cruzando la avenida Colmena. Empezaría la travesía. Al medio día, recalaron en la ciudad universitaria de San Marcos, donde se matricularon con unas cervezas más. Por la tarde, retornaron al Palermo. “Todavía estamos frescos”, dijo al ingresar, Cesáreo Martínez, mientras que Juan Ojeda volteó a mirar al poeta Adán a quien le agarró fuertemente la muñeca, en un interminable gesto de amistad, diciendo “me parece correcto, Chacho; además, no hay comienzo sin desarrollo”. Casi a la media noche, quedaba una botella a medio consumir de Martín Adán. Y él era la versión exacta de sus propios versos: “Poesía no dice nada / Poesía se está callada”. Y, solemne como era, gritó: “Recién comienzan a ser hombres”, les dijo. Ya por la madrugada, cuando el Palermo cerraba sus puertas, cargaron con el poeta Adán, para instalarse, nuevamente en el Chinochino. Como el frío de madrugada empezaba a calar hondo, Goyo y sus acompañantes, empezaron a preocuparse por aquel anciano que había dejado a la posteridad “La Casa se Cartón”, nada menos, qué carajo. Y contra lo que opinaban los críticos, Adán les confió que sólo se había tratado que “una travesura, un alarde de muchacho aburrido”. No era, como decía Luis Alberto Sánchez, que se trataba de un libro fundador de la narrativa peruana, ni que tenía mucho de Proust ni de Joyce. En la madrugada del tercer día. Comían sánguches en el “Bar-café-Grau”. Por la tarde, se trasladaron al restaurante “Master cook” donde se despacharon un sabroso cau cau, cada uno. Luego, tomaron un taxi y y se dirigieron a la cevichería “Las Américas”, en Balconcillo. Ya en los predios de La Victoria. El jueves, de madrugada, retornaron al Chinochino. Aquí se quedó Martín Adán, solito, con su botella de cerveza, batallando por la poesía, recuerda Goyo.  Después, vendrían otros bares menores y así fue cómo Gregorio Martínez y los poetas Cesáreo Martínez y Juan Ojeda, le aguantaron a pie firme el largo periplo de don Rafael De la Fuente Benavides, más conocido en el campo de las letras peruanas como el poeta Martín Adán.

(*) Publicado en el semanario SUCESOS N° 29 el 18 de setiembre 2017.