Cuánta falta nos hace el historiador Pablo Macera. Fue, por mucho tiempo, el oráculo que nos permitía comprender mejor lo que ocurría en el Perú. Sobre todo, en los violentos años del terrorismo. No es que haya muerto. Simplemente optó por el silencio. No desea hablar. Nunca más quiso hablar después que le cayera un huaico de insultos de todo calibre de aquellos que se sienten con derecho a insultar. Y todo por haber sido elegido congresista en las filas del fujimorismo. Le cayeron encima los mismos que escriben en redes o tienen columnas de opinión en los medios o se mueven en los círculos académicos como pavos reales.

Dícese de esta especie que son caviares que habitan en las ONG o pululan alrededor de ellas, haciendo méritos para saber que existen. Los periodistas de los años 80 corríamos a buscar al historiador para que nos explique qué diablos era Sendero Luminoso que amenazaba el país derribando torres de alta tensión, dinamitando puentes, matando humildes alcaldes y teniente gobernadores de poblados muy pequeños en las alturas de Ayacucho; degollando niños o llevándoselos a la fuerza para engrosar sus filas, mientras el presidente Belaúnde, muy caballero él, permanecía en su nube creyendo que eran simples abigeos o después García, predicando en privado a jóvenes apristas en su VII Congreso Nacional, que deberían reconocer la mística que sí exhibían los cuadros de ese grupo terrorista. “Equivocados o no, criminales o no, el senderista tiene lo que nosotros no tenemos: mística”, dijo. Y los periodistas recurrimos, otra vez, a Macera, nuestro oráculo permanente debido a sus altísimas cualidades para el análisis histórico-social: al final quedarán solo las FFAA y Sendero en contienda, refirió. Y se cumplió.

Yo lo recuerdo casi siempre taciturno, parco en el hablar. Bastaba mirar sus ojos para saber si él estaba interesado en seguir conversando contigo. Si los desviaba le tenías que decir hasta luego y, a veces, ni te contestaba, porque ya andaba en otra cosa. Tremendo intelectual huachano. Autor de una treintena de obras sobre historia, arte y sociedad peruana, poseedor de numerosos reconocimientos académicos en distintas universidades del Perú y del extranjero, Macera prefiere el silencio y la vida bucólica en la ruta de la carretera central del Perú. Un día le pregunté qué pensaba del racismo y esto fue lo que dijo: el racismo lo sufren todos en el Perú. El menosprecio, el insulto, la discriminación contra indios y mestizos, cholos y zambos, proviene de blancos, que muchas veces son más oscuros o iguales que aquellos a quienes desprecian. La mayoría de los “blancos” peruanos sólo son blancoides. Es un grupo grande en el que se siente blanco o criollo o finge de serlo. Esta gente quiere “matar” a la madre china, india o negra. Es ridículo el caso de ciertos mestizos netos que, descendientes de una de las pocas culturas originarias del planeta, se sienten inferiores y se niegan a sí mismos. Odian su piel y revierten esos autorrencores sobre compatriotas peor ubicados socialmente. Por ejemplo, hay arequipeños bien cholos que se quejan de la presencia de indios puneños. “El que no tiene de Inga tiene de mandinga”. Casi todos en el Perú son mestizos, gracias a Dios.

(*) Publicado en el diario Exitosa, 10 mayo 2019.