La doctora Martha Hildebrandt fue siempre una mujer de armas tomar. Lo sigue siendo, pese a sus 93 años de vida austera, reposada, a ratos chillona. Con ella nadie entra en remilgos. Le temen ser blanco de sus adjetivos que le brotan de la mente, como agua de manantial, y que van directo al corazón como balas dumdum o sable de doble filo. Ahora ella pasa sus días en la tranquilidad de su hogar, en un barrio miraflorino de clase media alta. No recibe visitas, a menos que sean sus muy íntimos colaboradores. O su familia. Aunque, a decir verdad, no le afecta, para nada, la soledad. Ella siempre buscó esa soledad, se enamoró de ella desde muy joven, disfruta su compañía, la vive con intensidad, como, usted, no tiene idea ni quizás pueda entender. Es una mujer que prefiere estar cerca de sus libros, a los que acaricia con sus dedos nonagenarios, a los que recurre para sentir su aroma a guardado, a los que extrañará por siempre, el día que ya no pueda sentirlos, ni con el corazón, ni con la mente.
 
Ella es una intelectual en el más estricto sentido del término. Doctora en Letras, fue profesora en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, su Alma Mater, hasta cuando se jubiló. Esa etapa de su vida, siempre que puede la recuerda con cariño. Las únicas veces que la vi sonreír fue para decirme que ella se formó, académicamente, en las viejas aulas sanmarquinas, cuando no había ciudad universitaria, sino que era una casona colonial, con patios grandes y acogedores en el Parque Universitario. Pese a su salud resquebrajada, ella sigue escribiendo, con apoyo de un joven lingüista que la asiste, sus artículos para un diario importante de Lima.
 
El habla culta es su pasión. Es el nombre de su sección en el diario y también el de su libro, varias veces reeditado. Guardo uno con esta dedicatoria: “Para Edwin Sarmiento, eficiente colaborador y gran amigo, de Martha Hildebrandt”. Y otro de sus libros “Léxico de Bolívar”, con esta otra dedicatoria: “Para Edwin Sarmiento, leal y eficiente colaborador, con el afecto de Martha Hildebrandt”. Ella es una lingüista a quien no se le pasa una y si te pesca en error, te lo dice ipso pucho y sin anestesia. ¡Mierda, no se habla así!, es casi su grito de guerra o su saludo habitual, según los casos. El más suave.
 
--Doctora –recuerdo que le dije un día— quiero que me dé permiso. Voy a llevar a la chica al hospital.
--¿Qué?—gritó en mi oído-- ¡Qué es eso de chica, oiga usted! Ya está viejo para meterse en cojudeces, me dijo sin quitarme la mirada un segundo.
--Es que ella no tiene a nadie— argumenté
--¿Y quién es ella?— inquirió.
--Es la chica que ayuda en casa— respondí, pensando con afecto en la empleada.
--¡Ah, no! ¡Es lo último que faltaba! Oiga usted, ¿me está hablando de la sirvienta? Entonces dígalo así, sin temor. ¿Por qué la gente prefiere los eufemismos? Sir-vien-ta, esa es la palabra—silabeó, con voz de trueno.

Ella dirigió el Departamento de Lingüística y Filología en la universidad de San Marcos, También lo hizo en el prestigiado Instituto Andrés Bello de Venezuela, donde estudió la lengua de Bolívar. Pasó gran parte de su vida investigando también las lenguas nativas de nuestra amazonia y el español de Piura, con cuya tesis ganó el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Javier Prado, el más acariciado para los estudiosos en la década de los 60. En 1971 fue elegida Miembro de Número de la Academia Peruana de la Lengua, de la que desde 1993 es su Secretaria Perpetua. Allí se reúnen los eruditos, los más doctos en el manejo del idioma, faltaba más. También fue la segunda mujer (la primera fue Martha Chávez) en presidir el Congreso de la República. A ella le debemos la creación y conducción del Fondo Editorial de este poder del Estado, uno de los más prestigiosos del medio en la actividad editorial. La recuerdo con el rostro adusto, serio, de pocas sonrisas.
 
Eso sí, mujer justa que a cualquiera le decía sus cuatro verdades, sin rodeos. Como aquella noche en que llamó al candidato Ollanta Humala cachaco mediocre. Yo me había retirado de su casa, arreglando una entrevista en RPP, para las diez de la noche. Ella era candidata a una reelección en el congreso. Tenía que esperar, junto al teléfono fijo, la llamada del periodista. Estuvo pendiente desde las 9.30 de la noche. Llegó las diez y nada, 15 minutos después y nada. Nunca había esperado tanto a un periodista. Se puso de mal humor y se fue a dormir. Cinco minutos después, sonó el teléfono. Era el periodista quien le daba sus disculpas. Casi con desgano se animó a responder y el periodista le preguntó qué opinaba del candidato Ollanta Humala. Le incomodó más. “Es un cachaco mediocre”, respondió tajante y con la rabia contenida por haberla hecho esperar tanto. La respuesta salió redonda. Dio el titular a la prensa. Al día siguiente los diarios decían lo mismo en sus portadas.

--Usted es responsable de ese titular—me espetó al día siguiente. Años después decía que Ollanta Humala era un enigma. Ya tarde ingresó a la política activa. Lo hizo ante la invitación del ex presidente Alberto Fujimori. Lo admiraba por ser un hombre de carácter y decisiones firmes. Como admiró también al general Juan Velasco Alvarado. Me gustan las personas que mantienen sus decisiones, decía, siempre que podía, a sus colaboradores más cercanos. No le disgustaba ser considerada, ella misma, autoritaria. Quien tiene el poder y sabe ejercerla, merece mi respeto, le escuché decir. Y reía mucho al recordar lo que le habían contado: se dice que el presidente Velasco, decidió que ella fuera designada directora general del Instituto Nacional de  Cultura, recientemente creado, por su carácter indomable y justiciero. “Ella es, tiene huevos para el cargo”, dicen que dijo el presidente cuando le alcanzaron una terna de intelectuales para elegir.
 
Martha Hildebrant nació en Chiclín, en La Libertad y aprendió a leer a los cinco años, en la hacienda Paramonga, donde vivía con sus padres. Aprendió a deletrear de derecha a izquierda, o sea, al revés, mientras su padre leía el diario sin percatarse que la niña Marthita, parada frente a él, intentaba reconocer las letras del modo como lo acabo de señalar. Hasta que un día sorprendió al padre, repitiendo los titulares. Fue, en los años 70, miembro del Consejo Interamericano de Cultura de la OEA y elegida también por el Consejo de la UNESCO  para ocupar una de sus direcciones. Tiene en su haber numerosos libros publicados, entre los cuales se encuentra su “Peruanismos”, con muchas reediciones. Una especie de vademécum de vocablos muy nuestros, incorporados en la Real Academia Española a fuerza de usarlos.

--Imagínese si Tagle no es un huachafo. Decirme, doctora vamos a echarle combustible al vehículo—me dijo una mañana, al llegar a su despacho. Tagle era su chofer. No le entendí la respuesta que esperaba y, casi adivinando, atiné a darle la razón que Tagle era un huachafo.
--¡Claro!—Me respondió. Y acto seguido explicó: combustible puede ser gas, carbón, petróleo, leña, gasolina. Y vehículo puede tratarse de un autobús, microbús, bicicleta, carreta o cualquier medio de transporte. Así es que le dije: no sea, usted, huachafo, Tagle, échele gasolina al carro y siga.

Cuando salí del despacho, me esperaba Tagle y me contó: “yo quería sorprenderla a la doctora. Y hasta consulté con mis hijos este fin de semana. Cuando nos veníamos entré al grifo, detuve el carro y le dije: doctora, tenemos que echar combustible al vehículo. Quería lucirme, pero ella me dijo que yo era un huachafo. No la entiendo.” Claro que yo le hice entender a Tagle, tal como me lo hizo entender la doctora, sin decirle que yo mismo me salvé de ser un huachafo por unos segundos.
 
(Publicado en SUCESOS No. 021. Lunes 24 julio 2017)