Ricardo Letts, por Lic. Edwin Sarmiento Olaechea

Sus enemigos decían que estaba loco, pero no era loco. Sus ojos grandes y redondos, que se escondían detrás de unos lentes de lunas blancas de resina antireflex, le daban ese aire extraño de hombre de reacciones imprevisibles. Lo recuerdo pechando a la guardia de asalto que lo acababa de golpear en la céntrica avenida de Abancay, muy cerca del Congreso de la República. Lo recuerdo agitando el puño derecho en sentido contrario del viento que soplaba de sur a norte, en la plaza Dos de Mayo en una concentración de trabajadores. Lo recuerdo con su calvicie pronunciada, pero la cabellera alborotada, agitando consignas contra la dictadura fujimorista. Lo recuerdo enfrentando al apacible líder de Izquierda Unida, Alfonso Barrantes Lingán, a quien acusaba de ser reformista por haber marcado distancia de Sendero Luminoso, que ya se presentaba como un movimiento terrorista desde sus años iniciales. Lo recuerdo también esa mañana en la puerta lateral de Palacio de Gobierno, cuando se sentó en la escalinata que daba a la puerta de ingreso para quitarse los zapatos y luego sus medias azules de algodón importado para escurrirlas frente a la mirada atenta de la prensa, porque él había sido bañado, junto con otros manifestantes, por el rochabús de la policía en la plaza de Armas, hacía diez minutos, apenas. Era, en mi recuerdo, un personaje singular, un político de gestos duros y de ademanes firmes, como era también su militancia política, a la que había ingresado a sus 23 años. La última vez que lo vi, hace diez años, caminaba casi con dificultad. Había asistido al Congreso de la República para participar de una ceremonia del Comité Malpica, del que era su principal animador. Al reconocerme lo llevé a la sala de cronistas parlamentarios, pero no encontramos a nadie de la época en la que él fue diputado solo por dos años en 1980.

Ricardo Letts Colmenares ya era una leyenda en mis años de colegial. Venía de una familia de oligarcas, a la que renunciaría luego de leer a Karl Marx y Lenin y después a Mao para militar con alegría y mucho entusiasmo en las canteras de la izquierda radical, desde su origen. Antes, sin embargo, había militado en Acción Popular, durante el primer gobierno del arquitecto Belaunde, del que renunció para fundar Vanguardia Revolucionaria en 1965 junto con el trotskista Ricardo Napurí y predicar la revolución. Fueron los años más intensos de su vida. En este largo período consiguió también ser perseguido, apresado, deportado y amado por los campesinos a cuya organización nacional asesoró políticamente. Y fue cuando estuvo convencido que la lucha armada era una forma de tomar el poder. En 1981 compró el fundo El Alamein, en Pisco. En sus 300 hectáreas sembró olivos y puso en marcha una planta procesadora de aceitunas y no le fue mal. Ensayó una nueva organización social, convirtiendo al fundo en una asamblea de trabajadores y estos considerados como socios, sin ser propietarios de las tierras. Algo raro y difícil de comprender. Lo recuerdo siempre radical, haciéndole la vida a cuadritos al tranquilo ‘Frejolito’, mientras existió Izquierda Unida. Ahora que los políticos andan en otros menesteres y no recorren las calles como antaño lo hicieron otros, eché de menos a Ricardo Letts, pese a todo. Y nadie me da razón dónde habita ni cómo está.

(*) Publicado en el diario Exitosa, 02 de agosto de 2019.


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